En 20 años se triplicó el conocimiento de las ciencias agropecuarias y biológicas

Federico E. Bert y Diego H. Rotili

En las últimas cuatro décadas, la humanidad logró aumentar un 50% la cantidad de kilocalorías producidas por habitante y por año, mientras que la población global aumentó más de un 100%. No solo eso, sino que el precio de los alimentos en el mismo período bajó a menos de la mitad en términos reales. Por si fuera poco, al mismo tiempo la producción de biocombustibles paso de ser casi 0 a lo suficiente para llenar el tanque de 3000 millones de autos. Y todo esto, con una expansión muy leve del área cultivada, que se mantuvo cercana a 1400 millones de hectáreas.

Sin caer en la simplificación de que todo ha sido maravilloso, es evidente que los sistemas agroalimentarios estuvieron a la altura de lo que una humanidad en pleno crecimiento y desarrollo les demandó. ¿Cómo fue posible semejante progreso?

El sentido común y varios trabajos al respecto responden la pregunta: los insumos esenciales para el progreso observado han sido el conocimiento y las tecnologías que, en última instancia, permitieron una combinación cada vez más astuta de los factores de la producción. Ello tuvo como consecuencia aumentos significativos de productividad (la productividad total de los factores, en términos económicos).

Hoy, en un momento especial de su historia, la humanidad redobla los desafíos para con los sistemas agroalimentarios. Se combinan requerimientos de mayor producción con reducción de externalidades y se sofistica y segmenta como nunca antes la demanda. En simultáneo, aparecen algunas alertas sobre impactos que es necesario corregir y evitar.

En este escenario, el conocimiento y la tecnología consolidarán su protagonismo como herramienta central para hacer frente a los desafíos que se plantean. Y, en consecuencia, los sistemas de Ciencia y Tecnología deberán mantenerse a la altura de las circunstancias, aggiornandose a un mundo en rápida transformación.

Aunque por varios motivos la vara está alta, hay razones para ser optimistas. Quizás uno de los principales surge de observar que la cantidad de conocimiento en ciencias agropecuarias y biológicas (medida en cantidad de papers científicos) se triplicó en los últimos 20 años.

No obstante, existen grandes diferencias regionales: mientras que gran parte de ese aumento se explica por lo ocurrido con la producción científica de países asiáticos, Latinoamérica y la Argentina generan sólo una pequeña parte, proporcionalmente menor a su participación en la producción agropecuaria global.

La creciente cantidad de conocimiento genera interrogantes interesantes para pensar cómo nuestro sistema Científico y Tecnológico se adapta a los tiempos que vienen. Entre ellos: ¿cómo capitalizamos todo el conocimiento global generado en favor nuestro?, ¿cómo aseguramos una sincronización entre el conocimiento generado y las demandas y necesidades de los distintos actores que gestionan los sistemas agroalimentarios?, ¿cómo ayudamos a que la creciente masa de conocimiento pueda asimilarse y aplicarse por los agentes que toman las decisiones?

Otro motivo para ser optimista deriva de la irrupción de las tecnologías digitales. Estas parecen emerger como mecanismos para imprimir más conocimiento y precisión en cada decisión y acción. Detrás de los impresionantes avances en los “fierros” para el campo, la agricultura 4.0 abre la posibilidad de multiplicar y ampliar los canales por los que la información se aplica en el día a día para mejorar las decisiones y operaciones. Sin embargo, las implicancias no sólo alcanzan al modo en que se efectúa la gestión del conocimiento, sino también al modo en que se genera.

Opciones

Las nuevas tecnologías digitales también plantean la posibilidad de acelerar ciclos de aprendizaje, desafiando incluso los mecanismos de la ciencia tradicional. La capacidad de registrar decisiones y resultados al detalle gracias a sensores, plataformas, etc., convierte a cada metro cuadrado, cabeza de ganado o árbol frutal en un potencial ensayo.

La aplicación de la ciencia de datos facilita el hallazgo de patrones y recomendaciones con velocidades inéditas. Repentinamente, las unidades de producción se transforman en laboratorios a cielo abierto con el agregado de valor de ser el ambiente en el que los descubrimientos son finalmente aplicados, prometiendo esto reducir enormemente la brecha temporal y espacial entre generación y aplicación de conocimiento.

No es difícil imaginar entonces que las tecnologías digitales puedan abrir también una serie de interrogantes esenciales para pensar cómo el sistema científico se actualiza para seguir en vigencia en los tiempos que vienen.

En este sentido: ¿cómo deben pensarse los sistemas de extensión y asistencia en el nuevo paradigma de lo digital?, ¿cómo cambia el rol de los actores “tradicionales” y qué actores nuevos emergen?, ¿cómo conviven y que nuevo equilibrio alcanzan la tecnología y las personas, la inteligencia artificial y la humana?, ¿cómo deben trabajar conjuntamente científicos y productores para aprovechar nuevas formas de generar conocimiento (de la mano del “big data”)?

Además de las descritas, seguramente haya otras tendencias en los sistemas agroalimentarios y en los esquemas de desarrollo y aprovechamiento de conocimiento y tecnologías. Todas obligan a pensar en cómo actualizar los esquemas de Ciencia y Tecnología públicos y privados para fortalecer su rol en la generación de progreso y bienestar para la sociedad a futuro.

Identificar y discutir esas tendencias y proponer y consensuar adaptaciones quizás sea una de las inversiones más importantes y urgentes en este momento. En ese sentido, este artículo es un humilde aporte para abrir la conversación.