Texto: Fabiola Czubaj

Miedo, dudas, incertidumbre, pero a la vez cierto alivio por sentir que por fin hay una posible salida a un sufrimiento aplastante. Medicar a un hijo es una de las decisiones más complejas que los padres deben afrontar en el marco de los tratamientos psiquiátricos de adolescentes en crisis. Lo saben María D. y Edgardo G. que no se conocen, pero tienen mucho en común entre ellos y con tantas otras familias. Ambos atravesaron el mismo temor y se hicieron las mismas preguntas cuando la psiquiatra de sus hijas, las dos de 16 años, les mencionó el uso de psicofármacos. La ola de trastornos psíquicos en adolescentes, una problemática que LA NACION comenzó a abordar en toda su complejidad con la serie “¿Sabés que pasa por la cabeza de tu hijo?”, tiene su correlato en una suba de casos de chicos que necesitan medicación. Así lo constatan instituciones, psiquiatras y autoridades de colegios, que admiten que es una realidad en las aulas. Todos están al tanto, pero el tema continúa silenciado y sin estadísticas sistematizadas en la Argentina. Especialistas en salud mental infantil y juvenil reconocen que hablar de medicar a un adolescente, como a un chico, inquieta a los adultos. Crisis de ansiedad y depresión, desórdenes alimentarios, insomnio, trastornos por somatización, secuelas de violencia intrafamiliar, autolesiones e intentos de suicidio están entre las causas de consulta, sin diferencias por ingresos familiares o entre el sistema público y privado. Algunos padres rechazan una intervención farmacológica, otros permanecen en silencio ante la mención y la mayoría pregunta cuánto tiempo sus hijos tendrán que tomar medicamentos como antidepresivos, psicoestimulantes, ansiolíticos o estabilizadores del ánimo. Otras dudas frecuentes son si provocarán adicción, si podrán estudiar y hacer una vida normal o si producirán abstinencia en el momento de dejarlos. Consentir su uso puede demandar días, semanas o meses.

Antidepresivos, ansiolíticos y estabilizadores del ánimo, entre los medicamentos indicados bajo dosis específicas para adolescentes

“Al principio, con mi esposo estábamos asustados, reticentes, porque uno tiene bastante prejuicios con los medicamentos psiquiátricos”, relata María, bien entrada la noche, una vez que su hija logró dormir. Está pasando por una recaída del trastorno de ansiedad, con una fuerte desregulación emocional, asociados con la bulimia que apareció durante la cuarentena. En aquel momento, la nutricionista advirtió que podía haber algo más detrás del problema con la comida. “Es la luz que se enciende cuando no está bien y nos derivó a psiquiatría”, cuenta la madre. Edgardo es farmacéutico y necesitó pedirle consejo a un médico de confianza cuando escuchó a la psiquiatra pronunciar la palabra psicofármacos. “El diagnóstico psiquiátrico no es como otra enfermedad. El estigma social que hay es distinto y el desconcierto es terrible –señala–. Si alguien dice que tiene una enfermedad crónica o está tomando algo para la presión, nadie lo mira distinto, pasa desapercibido”.

“El diagnóstico psiquiátrico no es como otra enfermedad. El estigma social que hay es distinto y el desconcierto es terrible”.

Edgardo

María le pidió opinión a su hermano, que es médico, y les explicó que era necesario para regular las emociones de su sobrina. “El aislamiento por la pandemia terminó de detonarla”, dice la mamá con la voz quebrada por la bronca y la angustia. Su hija toma tres fármacos estabilizadores del ánimo. En 2021, cuando en la provincia de Buenos Aires volvieron las clases presenciales, la adolescente regresó al colegio, pero durante el invierno empeoró. Ahora, está retomando el doble turno; por el momento, dos veces por semana.

¿Se comunica tu hijo/a con el resto de la familia o comparten actividades?

Medicados a clase “La medicación cansa y no favorece la concentración al 100% que exige el colegio, pero los docentes están al tanto de lo que sucede”, explica María. El director les contó que son muchos los casos en atención psiquiátrica a los que hubo que reducirles la demanda académica. “Soy muy afortunada porque, en otra situación, no podríamos afrontarlo. Los profesionales que atienden a nuestra hija son todos particulares porque la obra social cubre apenas $100 por consulta, así que ya ni siquiera lo reclamo porque pierdo más tiempo en esos trámites. Si uno consigue un buen profesional, no puede dejarlo pasar en algo tan complejo. La medicación psiquiátrica también es costosa y tenemos solo un 40% de cobertura”, apunta.

“La medicación cansa y no favorece la concentración al 100% que exige el colegio, pero los docentes están al tanto de lo que sucede”.

María

No hay medicamentos específicos para adolescentes, la clave es el manejo de las cantidades. “Siempre se intenta con la dosis mínima efectiva, terapéutica, y evitar la polifarmacia”, señala Juana Poulisis, magíster en psiconeurofarmacología. “Lo que hay que hacer con los padres, cuando no hay riesgo de vida inminente, es darles tiempo para que procesen la indicación del tratamiento, como ocurre con otras enfermedades”, agrega. A falta de estadísticas nacionales, la experiencia en los servicios de salud y los datos recolectados describen una suba del 100% en las consultas de adolescentes con respecto a 2019, mientras que las urgencias llegaron a multiplicarse hasta 10 veces. La venta de fármacos para el sistema nervioso, incluidos los que se recetan para tratar la ansiedad, la depresión, la manía o la esquizofrenia, por ejemplo, creció un 12,4% en el primer cuatrimestre de 2022 con respecto al mismo período de 2021, de acuerdo con el Observatorio de la Confederación Farmacéutica Argentina (COFA). Esto se traduce en la venta de 14.286.953 unidades más este año que el anterior. Para poner el número en perspectiva: se vendieron 25 millones de unidades más de medicamentos para las afecciones respiratorias e infecciones entre esos dos periodos y en plena pandemia. En las familias y en los colegios existe la percepción de que hay más adolescentes medicados. Pero no hay datos nacionales para saberlo. La Sedronar lanzó hace una semana una encuesta que relevará el uso de psicofármacos en la población. Los especialistas consultados coinciden en que, más allá de que se utilizan más psicofármacos que hace dos décadas, al crecer la demanda por los efectos adversos que dejó la pandemia, sería de esperar que suba también el número de usuarios. Los efectos de la medicación “Cada síntoma tiene su medicación, de acuerdo con protocolos internacionales. Hay muchos mitos con los psicofármacos, como que lo utiliza quien está más grave, y hay casos en los que los pacientes que los necesitan demoran en acceder por prejuicios. Nadie discute si hay que dar un antibiótico cuando es necesario”, dice Sandra Novas, jefa de la Unidad de Salud Mental del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Actualmente, se apunta a aliviar síntomas, la prescripción no tiene que ver necesariamente con la gravedad o la urgencia, y se suelen utilizar off label [con una indicación por fuera de la que se autorizó el producto], con dosis de acuerdo con consensos internacionales o protocolos, según explica. Novas busca derribar otro mito: que los psicofármacos curan. “Disminuyen los síntomas y se están usando cada vez menos por la patología a tratar y más por el síndrome a manejar. Siempre, junto con un tratamiento psicoterapéutico”, aclara.

La hija de Francisco P. cumplió 17 años hace una semana y llegar a la medicación demandó tiempo y diálogo con los profesionales. La están tratando de manera particular ya que la obra social casi no les ofrece cobertura con altos costos. “La cuarentena la destruyó psicológicamente –afirma Francisco–. Fue un período muy complejo para ella, aun cuando en familia la pasamos unidos, con actividades diarias. Pero ella sufría mucho el aislamiento de sus amigas. El cumpleaños de 15, en julio de 2020, fue una comida en familia y un montón de monitores donde estaban conectados familiares y amigos, y eso fue duro para ella”.

“La cuarentena destruyó psicológicamente a mi hija. Fue un período muy complejo para ella”.

Francisco

Lo primero que necesitó fue ordenar el sueño porque no podía dormir y el tratamiento también incluyó ansiolíticos. El diagnóstico era trastorno de la conducta alimentaria. “Nos costó entender y adaptarnos a lo que creíamos que hacíamos bien y no era así. Contamos con un equipo médico que puso el problema sobre la mesa –relata–. Aceptar la medicación no fue la primera opción”. Antes del Covid-19, ya se venía documentando un aumento de las consultas en gravedad y cantidad. “Cuando se habla de qué les pasa a los adolescentes, hablamos de los que vemos en el hospital o el consultorio –plantea Novas–. Pero también están todos los demás, que no llegan a la consulta y los que son marginales al sistema. O qué sucede con los chicos sin escolarización en un país donde la deserción escolar en el secundario es muy alta. De eso, no hay registro”. Los estragos que dejó la pandemia La ausencia de estadísticas también es advertida por Juan Ignacio Ingelmo, jefe de División Interconsulta Psiquiátrica del Departamento de Salud Mental del Hospital de Clínicas, antes de mencionar que informes de países vecinos y España coinciden al describir una reagudización de los problemas de salud mental en los adolescentes en 2020. “Como quedaron sin atender estrategias preventivas, lo mismo ocurrió en salud mental: el problema hoy es aumentar la oferta de dispositivos y estrategias de prevención para los adolescentes. Habría que trabajar desde las escuelas y con la integración de los chicos a actividades recreativas, incluido el deporte”, propone Ingelmo. Chicos y adolescentes están llegando a la consulta también por sugerencia de la escuela. Pero la falta de servicios entre el tratamiento ambulatorio y la internación, como equipos de crisis u hospitales de día, agudiza una demanda insatisfecha. En la Fundación Aiglé, que brinda servicios asistenciales en salud mental desde hace 45 años, las consultas por trastornos de la conducta alimentaria crecieron un 100% con respecto a 2019. Por autolesiones y pensamientos de autodaño, lo hicieron un 60%.

¿Se sienta tu hijo/a a la mesa para comer?

“La adolescencia es una etapa vulnerable y la epidemiología habla de una edad en la que tienden a aparecer alteraciones y trastornos –dice Mariana Maristany, coordinadora del Área de Adolescencia y Familia de la Fundación–. Esto era así en la prepandemia. Por lo tanto, la plataforma donde se produjo la pandemia ya tenía la vulnerabilidad de un proceso de por sí complejo entre los 12 y 18 años”. Con su equipo, midieron el impacto de los 100 días de confinamiento en los adolescentes a mediados de 2020. “Muchos no quisieron hacer terapia online por falta de condiciones de conexión o edilicias para mantener la privacidad. Algunos dejaron los tratamientos y quedaron sin ayuda psicológica, que disminuyó durante la pandemia y complicó los tratamientos porque los chicos no querían prender la cámara para no verse”, recuerda Maristany. Hoy, casi todos los adolescentes piden la consulta presencial. Lo virtual quedó para casos leves. En los registros de urgencias del Hospital Británico sorprende la cantidad de intentos suicidas en pandemia (10 casos entre marzo y septiembre de 2021 en un grupo casi excluyente de chicas de 14 y 15 años) con respecto a los dos años previos, con un caso cada tanto. Pero la proporción de adolescentes en el total de las consultas de salud mental (67%) se mantuvo, quizás por el límite que impone la misma disponibilidad de turnos, según evalúa Fernanda Verdaguer, del Servicio de Psiquiatría del hospital y docente de Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UCA. “Cuando se habla con los padres sobre el uso de un psicofármaco, hay resistencia”, observa. Al temor a los efectos secundarios, malas experiencias previas, la polifarmacia o la mirada social, se suma el prejuicio generalizado de que esos medicamentos son recursos de segunda categoría para cuando no da resultado la terapia más tradicional.

Paz Colautti, de 23 años, atravesó dos internaciones y recibió medicación psiquiátrica durante su adolescencia. Tuvo una recaída en pandemia, pero supo pedir ayuda a tiempo. Hoy está muy bien, a punto de recibirse de psicóloga y con varios proyectos.

“El cerebro adolescente es profundamente plástico, con redes neuronales que se están formando y que el ambiente modela”, precisa María Ana Bernard, pediatra y psiquiatra especialista en salud mental infantil y juvenil del Británico. “Los chicos pasaron casi un año de aislamiento social y en contra del desarrollo normal del cerebro adolescente”, explica. Destaca cuatro áreas de importancia en ese proceso: la corteza prefrontal, que es la última en desarrollarse y regula la motivación, el autocontrol, la empatía, la conducta social, la identidad, el juicio, la moral y la ética; la amígdala, que es la encargada de regular las emociones, el estrés y el miedo; el núcleo accumbens, encargado de la búsqueda de riesgo, novedad, impulsividad, satisfacción inmediata del deseo y no mide el peligro, y el hipotálamo, que es el centro regulador de ritmos circadianos y hormonales. La corteza prefrontal, señala Bernard, es la encargada de inhibir a las demás, que están muy desarrolladas: la amígdala lo está sobre todo en las mujeres y por eso son tan hipersensibles, y el núcleo accumbens lo está más en los varones, de ahí que no teman a ciertas acciones. La experta plantea que el aislamiento social no permitió el desarrollo normal porque los circuitos que forman redes de conectividad entre las áreas dependen de la experiencia y el intercambio social. “El adolescente, que tiene que pasar por este momento evolutivo de alto desafío, debió hacerlo en un contexto en el que estuvo aislado. Pero no en todos eso impacta por igual porque ahí influye también la genética y la epigenética: hay chicos muy vulnerables y otros muy resilientes. Hay chicos que crecen en condiciones muy desfavorables y están resolviendo los problemas y salen adelante. En cambio, hay adolescentes de buen nivel socioeconómico en los que, ante una pequeña frustración, responden con una conducta de autocorte”, describe.

La indicación es que los padres administren la medicación de sus hijos adolescentes

En el Hospital Garrahan señalan que, si bien venían atendiendo más pacientes con estas problemáticas antes de la pandemia, hubo un recrudecimiento después de 2020. “Actualmente, se mantiene bastante elevada la consulta. Nos sorprende que están llegando con cuadros más avanzados, más graves”, dice Alejandra Bordato, jefa del Servicio de Salud Mental. Respecto de los padres, los nota desorientados. “Hay mucho que se les escapa porque en la pandemia hubo un incremento del uso de pantallas, algo que acompañó o salvó la escolaridad en muchos casos, pero que no siempre es tan fácil acompañar. Quizás ven que su hijo está tranquilo, disfrutando, y puede estar compartiendo con terceros información que tiene que ver con su salud -asevera–. Lo importante es que hablen con el pediatra o especialista en adolescencia, que les dirá cuándo consultar o no a un especialista en salud mental”. Si es necesario, se indica un tratamiento integral. Si el caso es leve, se aborda con psicoterapia o tratamientos multimodales. Si es moderado o grave, interviene un especialista en psiquiatría, lo que no necesariamente significa una prescripción farmacológica. “De ninguna manera se medica aisladamente –aclara–. Puede ser que haya grupos que lo necesiten más. A veces, se espera que un tratamiento saque rápido a un paciente de esa situación, pero es un trabajo integrado que lleva tiempo”.

¿Conocés con quiénes chatea o con quiénes se encuentra fuera de casa?

¿Cuándo hay que medicar? Los profesionales afirman que los psicofármacos son más seguros y los tratamientos están más estandarizados que hace años, “pero siempre con un monitoreo riguroso y bien indicados”, insiste Bordato. En este contexto, una de las preguntas que se instala es: ¿cuándo medicar? “Cuando ese síntoma o síndrome impide una vida con bienestar, como integrarse en el colegio, dormir o interactuar con el entorno, y se haya intentado [con otros enfoques] sin que haya podido retomar las actividades habituales”, define la experta. Edgardo recuerda que, después de algunas semanas, aceptaron la indicación de psicofármacos, pero no fue fácil, y el tratamiento ya lleva casi dos años. “Como padres, pensamos que iba a ser por un tiempo, pero eso no es tan así. Son pacientes que avanzan mucho y también retroceden. Es agotador. Siempre nos estamos preguntando con mi esposa cuándo termina”, lamenta. Los problemas con la comida o el bullying de sus compañeros empezaron mucho antes de 2020. Pero el padre no duda en situar el agravamiento de los síntomas en los meses de encierro. “Para ella, fue muy malo. Vivía en su habitación, muy solitaria. Cuando pudo volver a clases, no quería ir al colegio”. Ahora, asiste a otro.