El éxito que demostró diferir la segunda dosis en lugares como Gran Bretaña es una buena señal; la campaña avanza en todo el mundo

22 de mayo de 202118:00

 

Inés Capdevila

 “Próximamente”, “pronto”, “en las próximas semanas”, así describió el presidente Alberto Fernández el momento en que llegarán las vacunas que necesita la Argentina para acelerar la vacunación y lograr contener el capítulo más doloroso de la pandemia. Muchas promesas y ninguna definición, ninguna fecha concreta.

Pero, claro, Fernández no puede dar muchas precisiones. Las dos vacunas por las que más apostó su gobierno sufren de enormes problemas: AstraZeneca no logró aún acelerar su fabricación latinoamericana y Rusia no da todavía con la clave para producir masivamente la segunda dosis de la Sputnik V.

El Gobierno, además, dejó pasar oportunidades que otros países sí aprovecharon. Optó por descartar la negociación con Pfizer, el laboratorio que más cumplió hasta ahora con sus entregas, y ampliar el pedido con Covax.

Por suerte para la Argentina, el protagonismo de China en la diplomacia de la vacuna obligó a Estados Unidos y Europa a comprometerse con la donación de sus excedentes de vacunas; son decenas de millones y podrían ser miles de millones.

El Gobierno cruza los dedos y espera que Joe Biden dedique una porción de su donación a la Argentina. Debería también trabajar para conseguir que lleguen las dosis ya pagadas a AstraZeneca y Gamaleya; será muy necesario para aprovechar una oportunidad a la que se acerca a la Argentina.

La inmunización mundial está hoy plagada de problemas de producción y distribución. De todas maneras dos tendencias positivas emergen cada vez más: una ayudará a limitar el surgimiento de nuevas y peligrosas variantes; la otra podría marcar un umbral determinante para la Argentina.

  1. Casi todos los países empezaron a vacunar.

Diciembre fue el mes en el que el mundo empezó a vacunar. Solo un año después que irrumpiera el coronavirus, en diciembre de 2019, laboratorios de varios países, con apoyo público o con financiación enteramente privada, empezaron la distribución de las vacunas contra la peor pandemia en 100 años.

Cinco meses y medio después, 176 de las 196 naciones del mundo ya vacunan a sus poblaciones, incluso aquellas que están entre las más pobres del planeta, de acuerdo con la base de datos de vacunas de Bloomberg.

La contracara de ese avance que, hace un año, asomaba como casi un sueño es la diferencia entre que los países que más y menos vacunan. El podio de inmunización se lo llevan Israel, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Chile, Gran Bretaña y Estados Unidos, todas naciones de ingresos altos y alta capacidad de planificación y ejecución que, ya en abril de 2019, se apuraron a negociar con los laboratorios o a financiarlos. Junto con algunas islas-Estados, de poca población, aplicaron dosis equivalentes al 85% de su población.

En el final del ranking, hay todo tipo de naciones. Están las de menos ingresos como Congo, Sudán del Sur o Madagascar, a donde apenas han llegado las partidas adjudicadas por el mecanismo Covax, afectado por la paralización de la producción de vacunas en la India, y solo inocularon al 0,1% de su población.

Pero están también las naciones jaqueadas por crisis y malos gobiernos como Venezuela, que se dio el lujo de rechazar vacunas gestionadas por la oposición, o aquellas en conflicto permanente con una potencia, como Taiwánque acusa a China de bloquearle el acceso a las dosis; ambas inmunizaron a alrededor del 0,5% de sus poblaciones.

En el grupo de naciones que aún no se suman a la vacunación, hay sí una constante: todas son de bajos ingresos y arrastran años de conflictos políticos, étnicos y bélicos. La mayoría -Chad, Burkina Faso, Tanzania, Eritrea, entre otras- está en África, pero una de ellas se encuentra en América Latina.

Con un alto número de contagios y muertes, Haití, la nación más pobre de la región, fue acorralada por la pandemia a mediados de 2020. Pero después de esa primera ola, los contagios cayeron y siguen hoy amesetados, según advierten las autoridades de ese país. Tal es la supuesta calma sanitaria de Haití que su presidente, Juvenal Moïse, rechazó las vacunas de AstraZeneca ofrecidas por la Organización Mundial de Salud en abril pasado. Adujo que ya no había necesidad por la ausencia de contagios y porque los haitianos, asustados por las trombosis que había producido en un puñado de casos, no querían saber nada con esa vacuna.

El resto de las naciones latinoamericanas avanzan ya con la vacunación, algunas considerablemente, como Chile, otras con cuentagotas, como Honduras y Guatemala. Ese empuje hace que la región compita con Asia en el tercer puesto entre las regiones que más vacunan, luego en América del Norte y Europa. Quinta viene Oceanía, rezagada por la demora de Australia y Nueva Zelanda, que, con la pandemia bajo control, decidieron esperar a ver los efectos colaterales de la vacunación en otros países para comenzar. La última en el ranking es África.

  1. El umbral de inmunización del que el país no está lejos

La decisión de Haití de rechazar vacunas responde, claro, a la política soberana de ese país, pero con la pandemia, ninguna nación estará segura hasta que todas estén seguras, es decir inmunizadas. Es por eso que República Dominicana imploró, el mes pasado, a Moïse que comenzara con la vacunación. Ambos países comparten frontera y el gobierno dominicano teme que una segunda ola haitiana alimente su propia curva de contagios o, peor aún, sea tan masiva que dé luz a una nueva y peligrosa variante.

Fuente también de una variante –la de Kent- que intensificó, hacia fin de año, el contagio y la obligó a un nuevo y estricto confinamiento, Gran Bretaña optó, a comienzos de años, por una estrategia que muchos investigadores y autoridades sanitarias miraron entonces con suspicacia: la de diferir la segunda dosis entre ocho y 12 semanas.

Libby Jones, a la derecha, y su colega Shannon Maiden, ambas enfermeras del hospital Great Ormond Street y que acaban de terminar su turno nocturno, se toman una pinta de sidra en el pub Shakespeare’s Head, que reabre por primera vez el servicio en interior tras la última cuarentena por coronavirus, en Londres, el lunes 17 de mayo de 2021. (AP Foto/Alastair Grant)

El gobierno de Boris Johnson decidió demorar la segunda aplicación para cubrir la mayor cantidad de británicos posible con la primera. Su determinación tuvo dos pilares: la escasez de vacunas que su gobierno había comprado -Pfizer, Moderna y AstraZeneca- y la hipótesis de que mucha gente con menos inmunidad es mejor que poca gente con mucha inmunidad.

La vacunación comenzó en diciembre y, al primero de abril, Gran Bretaña había aplicado la primera dosis al 45% de su población y la segunda solo al 7%. Los casos para entonces bajaban desde enero, alentados por la cuarentena y ayudados por la vacunación. Dos semanas después, el gobierno de Johnson empezó a levantar las restricciones. Ayer Gran Bretaña, registró siete muertes y menos de 3000 casos; en su pico de unas y otros, 1600 fallecimientos y 70.000 infecciones. Esta semana, por primera vez en meses la curva tuvo un aumento, producto, según los especialistas, de la reapertura.

Alemania tuvo su segundo peor momento de la pandemia en marzo y abril. El pico de casos diarios por millón de habitantes fue el 26 de abril, desde entonces la curva cae en picada, de forma prácticamente vertical. Al 26 de abril, Alemania había aplicado la primera dosis al 23% de sus habitantes y la segunda, al 7%.

Como Alemania, Finlandia también tuvo un marzo complejo, solo que para ese país fue el momento más duro de toda la pandemia. El 20 de marzo fue su pico; a ese día, el país había vacunado con una dosis al 15% de la población y con la segunda, al 2%.

En esos momentos calientes de la pandemia, ambas naciones acompañaron la vacunación con fuertes cierres y restricciones y sus respectivos gobiernos explican las caídas de casos con ambos factores.

Los números de la vacunación argentina están hoy entre los que estaban los de Alemania y Finlandia al momento en que lograron revertir la curva de contagios: aplicó la primera dosis al 18,7% de la población y la segunda, al 4,8%.

¿Será que nuestro país también podrá hacerlo? La primera contraindicación argentina es que la efectividad de las vacunas aplicadas por la Argentina no es la de las usadas por los países europeos. Las tres comparten AstraZeneca (80% con ambas dosis). Pero mientras que Moderna y Pfizer llegan al 95%, la efectividad de Sputnik V y de Sinopharm es menor: el esquema ruso llega al 92% y el chino, al 79%. Es decir que a la Argentina podría necesitar más población inoculada para alcanzar ese umbral, aunque no tanto.

Mongolia, uno de los países que hoy más rápido inmuniza, tiene la misma canasta de dosis que la Argentina (más un puñado de Pfizer, llegado a través de Covax) y el comportamiento cruzado de sus curvas de vacunación y contagios es similar al de Finlandia y Alemania. La nación asiática tuvo un pico de infecciones amesetado entre el 23 de abril y el 4 de mayo; en ese momento había inoculado con la primera dosis al 20% de la población y con la segunda, al 2%.

Claro que Mongolia es una de los países menos densamente poblado, rasgo que le permitió acotar como pocos el impacto de la pandemia, y al momento de sus peores números tuvo la misma cantidad de casos que la Argentina en su primer pico, una cifra que hoy parece bajo ante la gravedad de la realidad sanitaria local.

Similares a las cifras de contagios argentinas sí son las de Suecia, nación que fue centro de la polémica global el año pasado por su fallida estrategia de inmunidad de rebaño. El mayor país de Escandinavia vivió el momento más duro de la tercera ola hace poco, con un número de infecciones por millón de parecido al que tiene hoy la Argentina.

El pico fue el 19 de abril; ese día el 19% de los suecos ya había recibido la primera dosis y el 7%, la segunda. Son los números de vacunación más parecidos a los de la Argentina de hoy.

De seguir la misma senda que naciones con la misma estrategia de vacunación, la Argentina podría estar frente a un umbral decisivo y esperanzador. Pero ese momento corre el riesgo de terminar siendo otra oportunidad perdida. Dos indicadores deberían mejorar el país para pueda recorrer el camino de Alemania, Suecia o Mongolia.

Todos testean más, lo que les permite tener una radiografía precisa del momento y la dirección de la pandemia. Y todos vacunan a mayor ritmo que la Argentina, algunos hasta tres veces más rápido, es decir que intensificaron la vacunación para evitar que la curva volviese a subir. ¿Podrá hacerlo la Argentina? Tal vez si llegan las vacunas necesarias…