RÍO DE JANEIRO.– Para disfrutar de una de las vistas más lindas de Río de Janeiro, lo mejor es tomar el ferry, cruzar la bahía de Guanabara como hacen a diario miles de personas y, en 20 minutos, desembarcar en la ciudad de enfrente, Niterói. Ver desde allí el atardecer sobre la ciudad más famosa de Brasil es impagable y, aunque conviene no bajar la guardia, la probabilidad de contraer dengue es mucho menor. Niterói, una ciudad dormitorio con un museo con forma de platillo volador y firma de Oscar Niemeyer, se está labrando una reputación como modelo ante la crisis del dengue, que este año es especialmente aguda en Brasil y el resto de América Latina.

Su tasa de incidencia es de 187 casos por 100.000 habitantes, siete veces menos que la media brasileña y que Río (1401 por 100.000 habitantes), según los datos del Ministerio de Salud de Brasil. Y parte del secreto está en la suelta masiva de mosquitos modificados, que los brasileños han apodado wolbitos. Son una variante de Aedes aegypti a la que se introdujo en laboratorio la bacteria Wolbachia, que reduce su capacidad de transmitir dengue, zika, chikungunya o fiebre amarilla.

“Hemos pasado de ser investigación, un experimento, a ser un instrumento de política pública porque el Ministerio [de Salud] ha adoptado el método”, dice Diogo Chalegre, de 40 años, líder de relaciones institucionales del proyecto Wolbachia en Brasil. Suavizados los recelos ante los resultados de las primeras experiencias, aumenta el interés porque la crisis de dengue es grave en toda América. Este año, Brasil ya suma más de 1100 muertes por esta infección, investiga otras 1800 y tiene una tasa de incidencia de 1460 casos por 100.000 habitantes, el doble que hace un año.

Todos los implicados en el método Wolbachia recalcan que aquí no hay ningún tipo de modificación genética, sino la inyección de un microorganismo natural presente en el 60% de los insectos del planeta.

Sustitución
La diseminación periódica de millones de mosquitos desde hace algo más de ocho años logró sustituir en Niterói los Aedes aegypti originales (sin Wolbachia) por los wolbitos, que no contagian, y que el World Mosquito Program cría en un laboratorio de Fiocruz (una institución de salud pública inspirada en el Instituto Pasteur) en Río de Janeiro.

Todo indica que funciona. La bióloga Catia Cabral, de 46, explica: “La diferencia de nuestro método con otros es que no queremos acabar con los mosquitos, queremos sustituir los Aedes aegypti con nuestros mosquitos con Wolbachia”. Ella es la encargada del criadero que gestiona con su equipo. Un laboratorio con varios ambientes a distintas temperaturas.

Allí cultivan los miles de huevos en bandejas con agua, alimentan las larvas con pasta de hígado y harina de pescado, separan las hembras de los machos con un aparato que los distingue por tamaño, las recuentan con paciencia infinita y una especie de cucharilla. En un par de días eclosionan y, cuando son wolbitos adultos, los alimentan con un cóctel de sangre humana y animal. Las jaulas más grandes son como mosquiteras del tamaño de un frigorífico y albergan unos 80.000 ejemplares. Parte de la producción es para soltarla en las ciudades que participan del programa. El resto, para que pongan huevos y el ciclo comience de nuevo. Cada semana crían unos 120 gramos de huevos. O sea, 120 millones.

La secretaria de Salud de Niterói, Anamaría Schneider, los llama “mosquitos del bien”. Schneider todavía recuerda el asombro y recelo del entonces alcalde cuando, en 2015, Fiocruz y el World Mosquito Program (WMP, una empresa sin fines de lucro) le propusieron que el municipio, de medio millón de vecinos, acogiera una prueba piloto. “Él se asustó y dijo: ¿cómo? Todos los alcaldes están matándolos ¿Y quieren que suelte mosquitos?”, recuerda. Al final, aceptó. Porque, explica Schneider, “confió en la ciencia y en la credibilidad de Fiocruz”. Y además, a la ciudad le sale gratis. Datos de Salud brasileños citados por la empresa de mosquitos indican que por cada real invertido (un real equivale a 18 céntimos de euro) tiene un retorno de entre 44 y 550 reales (entre 8 y 101 euros).

La clave de este método descubierto en Australia son las hembras. Explica la investigadora que ellas transmiten a sus crías la bacteria que frena el contagio. Y gradualmente se sustituye una población por otra. Cada tanto capturan mosquitos para comprobar cómo avanza la sustitución. Es importante para el éxito de la misión, porque los zancudos no viajan lejos, unos 100 metros a lo sumo. Y viven más o menos un mes.

Los resultados en Niterói y en las otras ciudades que abrazaron el método –implantado en 14 países por WMP– han aumentado su atractivo y la demanda. Seis ciudades más (Natal, Uberlandia, Presidente Prudente, Londrina, Foz de Iguazú y Joinville) se preparan para recibir mosquitos modificados a partir de junio, con lo que serán ya 11 ciudades. Para eso necesitan muchos más mosquitos de los que pueden producir. Por eso, WMP Brasil construye una macrogranja. Ahora crían cada mes 40 millones de wolbitos; en un año esperan aumentar hasta 400 millones al mes, dice Chalegre.

A partir de la experiencia piloto en un primer barrio de Niterói, se fueron sumando nuevos distritos y en siete años se llegó a cubrir toda la ciudad. Pero la Secretaría de Salud de Niterói recalca que los mosquitos son parte de una estrategia que abarca otras actuaciones. El secreto es combinarlas todas, incluidas las campañas para evitar el agua estancada en hogares, el repelente y evitar ropa negra que, se desconoce por qué, les encanta. “Tenemos 300 agentes de control de zoonosis que visitan 6000 edificios al día”, explica Schneider. El Ayuntamiento tiene un equipo para entrar en los edificios abandonados. Y también está la vacuna. Brasil es el único país por ahora que la suministra en la sanidad pública.

En Belo Horizonte, Campo Grande y Petrolina también se usa el método. Cuando en Niterói comenzó la suelta de los mosquitos contra el dengue, no fue fácil convencer a los vecinos, recuerda la responsable de salud. Para eso, el Ayuntamiento echó mano de los médicos de familia, inspirados en una experiencia cubana, que viven en los barrios donde atienden. Ellos se encargaron de explicar a los líderes comunitarios y asociaciones de vecinos los detalles del método. “Logramos conquistarlos, fue un trabajo de hormiguita”, recuerda Schneider.

Ahora Niterói recoge los frutos de todos esos años mientras el dengue causa estragos mucho mayores al otro lado de la bahía, en la ciudad de Río de Janeiro. Allí también han aplicado el sistema Wolbachia, pero a mucho menor escala y con la dificultad añadida que suponen los grupos armados que controlan barriadas y dificultan la implementación y monitoreo del proyecto, sostiene Chalegre. © El

Naiara Galarraga Gortázar
País, SL